Siempre me gustó conversar. Quizás veía en ella (la conversación) una manera de llegar a otro lugar; llegar al mundo de otras personas; llegar a otras realidades. De niño, cada vez que veía a los adultos conversar sentía que quería ser cómo ellos; los admiraba cuando exponían ciertos temas con conocimiento y destreza y como sus interlocutores les prestaban atención y cómo en esos momentos sucedía esa magia de la conexión entre dos o más personas. Eran momentos únicos, parecidos a presenciar o participar en algún acto “performático” como lo podría ser una ejecución musical o una jugada en un deporte o una actuación en teatro o ver una puesta de sol; es decir, momentos con una carga emotiva y características expresivas únicas e irrepetibles: lo que sientes al hacer o presenciar un solo o una figura o una interpretación o un atardecer, es algo que vives en ese momento y no hay manera de retenerlo o guardarlo “para llevar”, ni lo puedes “tener” en ninguna caja, es algo que así como emerge también desaparece, como el sol al ocaso o una sinfonía al final de su último movimiento. Lo que te llevas es lo que dejó en ti, lo que transformó en ti.

Toda la vida me gustaron muchas cosas y eso no siempre fue fácil de manejar. Veía que muchas personas tenían aficiones o intereses específicos; algunos eran entendidos en ciertos cómics, otros por los autos, la pintura, la fotografía, el cine, entre otros. A mí me gustaban muchas cosas pero sentía que ninguna lo suficiente como para considerarme un “conocedor” o mucho menos un “experto” en algún tema. En ocasiones, al reunirme con algunas amistades mi conocimiento sobre deportes o grupos musicales o algún otro tema común era casi siempre tan escaso que me sentía completamente ignorante en estos temas y al interactuar casi siempre terminaba escuchando a los demás.
A mí me gustaban muchas cosas pero sentía que ninguna lo suficiente como para considerarme un “conocedor” o mucho menos un “experto” en algún tema.
Sin embargo —y paradójicamente— sentía que era relativamente bueno hablando; es decir, lejos de ser callado o tímido se me daba con naturalidad el uso de la palabra y muchas veces no me percataba que hablaba más de la cuenta. Una vez alguien me preguntó: “¿qué es lo que más te apasiona hacer?” y casi inmediatamente respondí, con total sinceridad: “conversar mientras tomo un café”.

Y un día de enero de 2024, en medio de una conversación, surgió el nombre Conversa y Transforma, como título de un proyecto para la creación de un espacio de conexión y crecimiento personal a través de conversaciones significativas. Desde ese día trabajé intensamente en la construcción de este concepto y la forma de aplicarlo de manera práctica a la vida diaria y en diversas circunstancias para el enriquecimiento de la calidad de vida de las personas y su relación consigo mismas y con los demás.
...surgió el nombre Conversa y Transforma, como título de un proyecto para la creación de un espacio de conexión y crecimiento personal a través de conversaciones significativas.
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